miércoles, 10 de julio de 2013

El perro asado

A Roberto Arlt

Tocó por ese entonces recluír a mucha gente de la zona de Mataderos, desde las barriadas más bajas hasta los círculos de obreros intinerantes, inmigrantes en su mayoría. No podría haber caído mejor una noticia por aquellas épocas, ya que las cosas estaban demasiado tranquilas y necesitaba una primicia para poder asegurar el metejón que le di a la patrona, Doña Ambulancia, por un puñado de billetes gastados y una sonrisa desganada.

Así que me apersoné en el lugar de los hechos para poder admirar un poco mejor a esa gente y escribir la crónica correspondiente. Infeín, el oficial a cargo, tenía el lugar en cuestión rodeado de muchachos cagados de frío, como quien dice, mal apretujados en los uniformes de faldones demasiado grandes. Era tarde cuando se hizo el rodeo que encerró a todos esos hombretones que trabajaban en el matadero local, y ahora la madrugada pintaba las casuchas miserables de un blanco más piadoso que el de la cal.

Infeín era inescrupuloso y breve en las explicaciones, ya lo conocía muy bien desde su bigote abigarrado y la voz que parecía salir del estómago. Varias veces anteriormente me lo había cruzado , ora en el incidente con polacos ilegales en el puerto, ora con la clausura definitiva de un antro de mala muerte en el bajo. Ahora mismo se lo notaba totalmente molesto, probablemente por el hecho de haber tenido que chupar tanto fresco desde tan temprano. El discurso fue más bien breve; dijo que por fin la benemérita fuerza policial de la ciudad autónoma de Buenos Aires había logrado apresar nada más y nada menos que a veintitres falsificadores de dinero, junto con rejuntones de apuestas ilegales, usureros y toda la escoria que los diarios declaman envilecen e inflaman a nuestro querido y estimado ser nacional.

Ahora permítame decir en defensa de esos hombretones que no había ni la más remota posibilidad de que en aquel racimo de cabañas levantadas a pulso hubiera una sola máquina de segmentar dinero. No cabía posibilidad de que una imprenta funcionara allí mismo, y así se lo hice notar a Infeín.

-Es justo lo que cualquier persona pensaría- respondió inapelable. -Por eso mismo es que colocan sus máquinas aquí, caballero.

No demasiado convencido pedí permiso para sobrepasar el límite impuesto por los hombres de azul y me fue concedido con la condición de que no fueran más de veinte minutos y que no metiera la cabeza en ninguna choza.

Los primeros rayos del amanecer empezaban a encanecer las casas cuando entré en el patio central, manchado de tierra negra apisonada, agua o sangre volcada en el lodazal, un gigantesco fuego sobre los que terminaban de cocerse unos trozos de carne y los restos de un vacuno troceado con vehemencia. Arrebujados alrededor del fuego, sentados directamente sobre el piso o, en el mejor de los casos, sobre un tocón o tronco rústico, habría unos quince hombres. Los había desde muchachos de veinte a viejos de sesenta y muchos, barbosos y encanecidos. Un perro estaba sentado al lado del fogón, demasiado cerca, y tres oficiales armados custodiaban a los hombretones. Todos vestidos con el dril blanco propio de los mataderos.

Le pregunté a uno de los oficiales que qué era lo que hacían todavía ahí; me contestó que estaban esperando un furgón para poder trasladarlos a todos juntos a la Penitenciaría más cercana. Vista la oportunidad, me acerqué a los reos y me presenté, empezando a preguntarles quienes eran y qué hacían ahí.

La gran mayoría eran criollos o gallegos, con un italiano que permanecía orgullosamente callado. Trabajaban en el matadero que estaba sobre la loma entre doce y catorce horas al día. Vivían allí durante la semana; los domingos, que era su día libre, viajaban al centro a gastarse sus chirolas en novias, madres, hermanas, bebida y espamento eclesiástico. Entre los días regulares de la semana "nos divertimos como podemos; una riña de gallos, unos cuantos "rounds" de boxeo con los muchachos del Sonda, que vive del otro lado del arroyo... Y nada más, señor" me aclaraba uno de los más viejos.

El brillo de la mirada era realmente honesto. Por más que los muchachotes, todos de físico protuberante y de amplia fortaleza en su musculatura, pudieran parecer peligrosos, no lo parecían ni tan siquiera lo eran. Sospeché entonces y sospecho ahora que había algo más allí oculto, pues cuando les pregunté "¿Entonces se los llevan por estas apuestas ilegales?" el viejo con el que estaba charlando echó una mirada de desguace sobre el oficial que tenía cerca, y éste le devolvió unos ojos macabramente severos antes de que el viejo contestara "Así parece ser, señor". Tenía que haber habido un motivo más detrás de todo aquello, pero con la policía cerca, era prácticamente imposible obtener nada de ellos.

-Lindo perro el que tienen ustedes- dije, como para sacarles conversación. Simpatizaba con aquellos primos lejanos de Polifemo de sonrisas cansadas.
-¿El Alvear?- dijo uno de los más viejos -Si, es un buen bicho, como lo fue el presidente... se sienta cerquita del fuego porque sufre mucho el frío-
-Demasiado cerca del fuego- dijo un oficial, queriendo acariciarlo pero reculando ante el poderío de las llamas.
Otro oficial comenzó a llamarlo, como queriendo que el perro se le acercara, pero entonces el tercer oficial, aquel de las pupilas severas, se acercó y le dió una patada. El perro, completamente inmóvil, no reaccionó. Entonces el oficial severo exclamó:

-Pero... ¡Este perro está asado! Se ha asado vivo al lado del fuego. ¿Qué le han hecho a este pobre animal?-

Es increíble cómo quince hombres de ese tamaño pueden moverse tan rápido sin hacer ruido. Entre varios -con una destreza lúgubre que demostraba lo espabilados que estaban- desarmaron a los tres oficiales y les taparon la boca para que no pudieran hacer ruido. Uno de ellos me sostuvo, pero la verdad no hacía demasiada falta. El italiano se movió delante de ellos, serio como una tumba. Apenas entonces uno de los más viejos rió con voz cascada y dijo:

-No se si ustedes sabrán o serán pobres botones, pero a nosotros nos iban a hacer cagar porque Augusto, el tano, le estaba arrastrando el ala a la Mariángeles, que resultó ser la hija del Comisario Fierro. Y como a Fierro no le gusta nada nos mandó agarrar para poder destriparlo al tano él mismo. Pero bueno, Juanes Figura, les ha tocado a ustedes la vespertina. El tano la paga y se las arregla solo, nosotros rajamos para la vía-

De lo que sucedió a continuación poco puedo dar parte. Me cargaron como un fardo hasta que salieron, atravesando las chozas, del otro lado del cerco donde sorpresivamente no había nadie. Luego me arrojaron con un saludo a un costado del camino y desaparecieron como las manchas grises y fugitivas que eran. Del tano puedo decir que quedó solo con los tres oficiales y, al parecer, mató a uno arrojándolo al fogón y a dos con sus herramientas de trabajo. No es para nada sabio enfrentarse a un hombre que degüella vacas seis días a la semana, en su propia casa y a la distancia de un golpe de puño.

Infeín tomó mi versión como válida; después de todo, no soy más que un cronista medio muerto de hambre. Y cuando entramos al regero de sangre en el que el tano fue muerto por el resto de los oficiales, atraídos por el trajín de la pelea, el perro, asado y todo, continuaba igual de inmóvil que siempre. 

martes, 9 de julio de 2013

Preambulo a los textos suplementarios

Cualquier escritor, quiero creer, escribe con cansancio y parsimonia textos que no verán la luz nunca. Esto se debe, en generalidades y sin mucho ánimo de instigar las opiniones, a que cualquier creador tiene dentro suyo y alrededor un cosmos propio que orbita en secretas constelaciones. También es una norma que cualquier persona con un ápice de imaginación y una idea o historia que le agrade lo suficiente va a dejar que esa idea o el núcleo propio de una historia, escenario, personaje u objeto fermente, dejando de lado la practicidad y el formato y enviando muy educadamente a veces a la concha de su hermana a cualquier método o medio con el que se halle comprometido para llevar a cabo la narración o la escritura de esa historia como originalmente la había tramado.

Es por esto mismo que cualquier creador que dedique suficiente tiempo a una obra (generalicemos en obra) se encontrará en algún momento con textos que definitivamente son suplementarios; descares, anotaciones, biografías, actos indescriptibles o mal ejecutados, guías mentales y silencios. Estos textos suplementarios, algo así como el antiguo lado B de las historias, probablemente jamás vean la luz, o la vean de una manera poco ortodoxa. A continuación pienso comenzar a subir todo esto, entremezclado con otro material, ya que de a poco he comenzado a notar que esa pila de papeles, de ser real, se transformaría en un golem de cartapesta dispuesto a acogotarme mientras duermo.

Sin más aclaraciones, ahí están, allá y aquí

lunes, 24 de junio de 2013

Dónde encontrarse en el apócrifo

No escapa a la lucidez de cualquier lector, internauta o mascachicles de vuelto que los autores apócrifos como quien suscribe somos plaga. Si señores, una verdadera plaga. Es increíble cómo surgen de cualquier rincón, en cualquier contexto y cualquier situación.

Cuando hablo de escritores apócrifos me refiero a todos aquellos, nosotros, los que buscamos sin buscar y con una relevada fatiga el escenario que nos inmortalizará. Leía hace instantes el mensaje del prólogo anarquista de la colección Utopía Libertaria respecto a la Antología que hicieron sobre el primero de mayo y todo lo que involucra: comentarios al márgen, existe una incidencia sobre la verdad manufacturada que nos duele, que nos venden y que nos enchufan desde muy pequeños. La gran mayoría de nosotros tiene en la cabeza el concepto de escritor, que generalmente difiere de la palabra poeta (aunque todavía no se porqué), como de un demiurgo letrado, solo en su torre, abandonado al márgen de la humanidad; o del ídolo vanagloriado por multitudes, cerificado de plástico y producción sionista de hollywood; da igual, porque al fin y al cabo ambas imágenes son utopías en el sentido rígido de la palabra; son figuritas, tal como las coleccionábamos de chicos.

El principal problema de un escritor es la frustración. La frustración es un veneno de acción lenta, cancerígena, que demuele y consume las energías del que haya pensado, por más que haya sido un segundo, en escribir un libro. La principal frustración (o con la que me encuentro siempre) es con una cuestión de calidad de lo producido; puede ser en términos técnicos (tipo y ortografías o gramática rebuscada al pedo) o en términos argumentales o conceptuales (que no, que ésto es re chicloso, re pelotudo, re ---). Éste es el error cardinal y más pelotudo que puede tener cualquier persona que quiera escribir. Ambos errores en calidad se resuelven someramente trabajando; leyendo lo suficiente o practicando las leyes tan mutables de nuestra lengua (o la lengua en la que se escriba), consumiendo contenidos de todo tipo (gráficos, pero también argumentales y demáses, que nos pueblen y nos sacien). Ahí es cuando la marabunta de ideas comienza a bullir.

Así como la frustración es un problema, debería ser también un motor. Cuando uno se calienta porque no le sale algo tiene que tomar ese mismo enojo con uno mismo y no dejar que se enfríe; cuando el enojo se enfría se transforma en tristeza, y de la tristeza se pasa al desgano muy facilmente. Una vez llegados ahí, PUF, no hay más libro y el escritor se toma una siesta adentro nuestro.

Es increíble, pero vivimos en una época donde la tecnología de la comunicación permite contactarse con un gran porcentaje de la gente en el mundo. Les sorprendería saber cuántas de ellas escriben, han escrito o piensan escribir. Ésta es una época donde, también, todo el mundo revela que tenía un abuelo escritor y una tía poetisa; que se iban todas las tardes al cafetín de la esquina, que ya no existe más, para hablar con el mozo y arrancarle historias. Que daban largos paseos a la luz de la luna, a solas, para poder inspirarse y escribir en la soledad del ranchito o la homilía de domingo unos versos apretujados por el frío.

La cosa es simple; el hombre que sabe escribir va a escribir en algún momento de su vida, así como todos dibujamos por más que nos resulte horripilante lo que hagamos, o cantamos en la ducha o bailamos en pelotas cuando no hay nadie presente. La diferencia es justamente esa; dejar de hacerlo cuando nadie nos ve. El olvido es la única muerte que existe; me consta saber que han pasado por el mundo miles, millones de escritores que se llevaron su obra a la tumba. Con tan solo contemplar que la bibliografía del mundo antiguo con la que se cuenta es mucho menos de la mitad de lo que se escribió sabrá versificarse lo que quiero decir; que el mundo que nos contaron, aquel del que estamos tan seguros, donde los romanos eran un imperio borracho y los griegos abrochaban discípulos para derramar sobre ellos veracidad ajena es solo una versión de la historia. Una de miles.

Oesterheld, que en estos últimos años ha cobrado una fama también apócrifa, viralizada por la política y los medios masivos, escribió una obra que salió en  su tiempo en el folletín el Descamisado, que se llamaba "450 años de guerra" y narraba, desde su óptica, la invasión del imperio sobre la américa que el soñaba unificada. Una de las frases, durante la fase de imposición y conquista española, era -palabras más, palabras menos- "cuanto indio poeta, astrólogo, matemático o ingeniero habrá muerto en la mina y en la zaga. Cuántos? Cuánto sacerdote, profesor, músico o actor se habrá inmolado en la pica y en la pala?". Lo mismo sucede y sucedió con los escritores apócrifos. Miles de escritores que cajonearon sus cosas porque dijeron "esto no es bueno" o "nadie va a entenderlo".

Somos apócrifos porque no estamos bajo el reflector; métanselo en la cabeza, J.K. Rowling, Stephen King y cualquier otro autor que se quiera traer al potro ahora son casos excepcionales, cuyas historias de vida, ornamentadas y fileteadas correctamente, nos dejan un abismo de diferencia entre nuestra vida comunacha y la suya. Una, una profesora media muerta de hambre que la pega teóricamente de pedo; el otro, un lavandero o profesor de lengua y literatura alcohólico que de pedo podía pagar los medicamentos de sus hijos y de golpe y porrazo la pega con Carrie.

No, muchachos, no; acá las cosas no son así. No va a venir el editor adjunto de Sudamericana o Planeta para ofrecerles un contrato que les solucione la vida. No van a ser Elois de Wells, contemplando el sol todo el día, pagando su existencia con su imaginación, no. Otra cosa que se tienen que meter en la cabeza los que quieren realmente vivir de la escritura; escribir es un trabajo, y como todo trabajo, es una plaga bíblica. Por más que en nuestra sociedad aparcada todavía en ciertos usos y costumbres del tipo "mi hijo el Dotor" haga de un tipo que publicó un libro, cualquiera sea el medio, un Escritor con E mayúscula, ésto no le soluciona al tipo cómo pagar el alquiler o cómo morfar a fin de mes.

El otro preconcepto que se tiene en la cabeza es que escribir es un arte y que, ante todo, es algo de una selecta minoría. Soportan este andamiaje macabro el hecho de que los círculos editoriales y literarios sufran de una permeabilidad tan baja, que es prácticamente imposible poder devenir en algo que pague las cuentas sin tener que sufrir un trámite infernal importante. Pero recuerden, es un trabajo. Ante todo, es un trabajo.

Yo creía que era escritor a los 11 años, cuando hacía cuentitos de terror que se parecían notablemente a los que leía de R.L. Stine o en cualquier separata de la revista Genios. Más tarde, creí ser escritor cuando empecé mis primeros fanfics sin siquiera saberlo, y más aún se reafirmó mi creencia cuando empecé un trabajo en colaboración con autores de diferentes provincias de mi país. Más tarde, entrado en el rumbo facultativo y queriendo hollar un poco el rumbo del filósofo que incluía mi carrera de manera gratuita, creí ser escritor.

Tras unos años de moverme por algunos lados, husmear otros tantos y bastante escritura, puedo decir que pertenezco a la masa apócrifa que escribe, entre los que se encuentran talentos que jamás serán correctamente remunerados y barrabasadas dignas de nuestra época, tan bella y plural. Si, plural es la palabra.

Somos escritores apócrifos porque justamente estamos contra el canon del escritor abandonado a su torre o del ídolo pop de finales de siglo pasado. Nuestro ídolo es nuestro ego vanagloriado por haber podido dejar la piedra en el lugar que corresponde, sin que se nos caiga como a Sísifo, y nuestro ermitaño en la torre acariciado por la luz de luna es la madrugada desvelada con mate y música de fondo. Porque aquí corre otro factor, mucho más importante; somos tipos privilegiados, muchachos. Podemos leer y escribir, cosa que no cualquiera pueda. Estamos a un click de distancia (a veces literal) de cualquier contenido querramos consumir; arte de cualquier tipo, junto a documentación digna de investigadores. Podemos hablar con figuras que antes eran totalmente inalcanzables, y si bien la barrera todavía existe, con certeza ha disminuído bastante gracias a la implosión mediática. Entiéndanlo, somos privilegiados; Arlt tenía que pedir los telegramas que sobraban en el correo todos los días para poder escribir porque no tenía guita para comprar papel, Robin Wood pasó años deslomándose en cualquier escombro sin saber que la había pegado con sus guiones de Nippur. Para muestra, basta un botón; Saracino y su serie de Germán, a quien ya mencionamos antes, o tantos otros que lucran con el talento de la posición, las relaciones públicas y el carisma.

Entiéndanlo muchachos, somos apócrifos. Vamos en contra de ésto, implícita o explícitamente. Porque podés querer aspirar a eso, pero hasta que logres ser lo que se conoce como "el escritor consagrado" vas a seguir siendo apócrifo. Pocos conservan su carácter apócrifo cuando llegan a la consagración (lo que sea que eso implique), porque se dan cuenta que los reflectores, las entrevistas y los billetines no vienen nada mal. No tiene nada de malo ni se les puede echar la culpa; somos seres consumidores en un mundo prefabricado para consumir. Pero continuar siendo apócrifo es algo que pocos todavía conservan.

El resto nos queda a nosotros, mis queridos. Se que existen y se que están ahí, del otro lado, quizás cavilando sobre una idea adaptada de otra idea adaptada; o quizás viendo cómo implementar un buen diálogo que escucharon en un colectivo en algún cuento que ande rondando por ahí. También son ustedes, apócrifos, los que encuentran el lenguaje de la calle, los fenómenos climáticos y la humanología y lo plasman (con la mejor onomatopeya, que es el ruido a vómito) en poesía. Apócrifos somos miles; somos una masa innominada todavía, como celulas dormidas de una superestructura que quizás jamás se orqueste.

No tenemos una brújula más grande que nuestro gusto, nuestros instintos, nuestro "lugar feliz" si se le quiere llamar. No tenemos más impulso que el desgaste, la frustración y, como dijo una artista gráfica cuyo nombre escapa a mi memoria, la certeza de que vamos a morir. Ése es precisamente el punto. Vas a morir algún día. ¿Vas a escribir todo eso que se te cruza por el pecho, la cabeza o los genitales, o vas a dejar que pase de largo? ¿Vas a integrarte a los Apócrifos, lambisconeada o no mediante, o te vas a llorar de viejo porque tiraste de un carrito de supermercado toda tu vida?

Arrimate. Somos muchos.

viernes, 17 de mayo de 2013

Tarquin Heap






Cerró el escritorio de un portazo, resoplando con fuerza. El aire dentro de su traje estaba demasiado viciado gracias al forcejeo reciente y las semanas que llevaba fuera de la unidad de transporte. Descargó la jaula metálica que llevaba encima sobre el suelo, y quedó rendido unos segundos, mientras mecánicamente se quitaba la escafandra con dedos hábiles. Cuando por fin pudo hablar, Sorin Peuser lo hizo con cierto resentimiento en la voz, como si algo que no sabía muy bien qué era le atenazara la garganta, no sin rabia.


-Espero que hayas valido la pena, maldito condenado – dijo, mirando a la jaula ciega –Siete hombres han quedado atrás integrando la matriz de la que te cosechamos. Está bien que la sinapsis artificial no falla nunca, pero más le vale no fallar ahora. Si no, yo mismo me encargaré de lanzar uno o dos de esos malditos operarios al espacio-


La jaula no emitió sonido alguno, pero tras unos instantes, comenzó a moverse ligeramente. Lo que fuera que estaba capturado dentro de aquella caja metálica con un pequeño purificador de atmósfera artificial se estaba moviendo, golpeándose contra las paredes. Sorin le lanzó una patada, haciendo que ésta se golpeara contra la pared.


-Cállate ya!- gritó a la nada –No ganarás nada. Ni siquiera queriéndolo ganarías algo. Maldito ente inútil…-


Sorin se puso de pie pesadamente y echó un vistazo a los indicadores de su traje. Había estado cerca de la asfixia, pero se había salvado gracias a su destreza física. Cuando empezaron el viaje eran nueve; uno, la pobre oficial médica de a bordo, Erin Deminoff, había perecido durante el viaje debido a un desperfecto técnico que raras veces sucedía; la dosis de turmionina, el químico utilizado para aletargar los signos vitales y permitir el viaje espacial largo, había sido excesiva. Ahora no estaba muerta técnicamente hablando, pero tampoco viva; dormía con un latido de corazón cada setenta y siete años. Jamás despertaría de su sueño, y sus ondas cerebrales describirían casi una gráfica plana por el resto de sus días.


El resto de los operarios de a bordo había proseguido hacia el objetivo de aquel extraño viaje; conseguir uno de los entes sensibles de Remo IV, el planeta gemelo de Rómulo IV, del recientemente descubierto sistema Cartago II. La sinapsis artificial, aquel colosal dispositivo que comandaba las hordas humanas durante el auge de la Era Post-Sapiens, había dictaminado que, tras muchos análisis de muestras extraídas de Remo IV, debía existir allí una clase de ente sensible capaz de elevadas formas de raciocinio, gracias a lo extraído como consecuencia de las sondas exploratorias. Como tantos otros, los Viajeros de ese crucero habían sido entrenados desde pequeños para sus tareas, y desconocían el verdadero alcance de la Humanidad toda; sabían que había hombres que se dedicaban a todas las tareas concebibles por la Sinapsis Artificial, pero jamás pensaban en esos otros hombres. Se limitaban a realizar las tareas que conocían de la mejor manera posible, ya que eso conllevaba una vida apacible y sin sobresaltos, lo que el grueso de los hombres deseaba.


Sin embargo, Sorin Peuser era un hombre sumamente extraño. Había cuestionado durante mucho tiempo muchos conceptos indudables por otros de su misma generación. Gracias a su curiosidad y su falta de miedo hacia el castigo es que fue seleccionado como Líder de los Viajes de Interés Científico. No podían enviar a simples Peones a realizar un trabajo incierto; necesitaban hombres curiosos, sin miedo y, lo más importante, con determinación. Eso era algo muy difícil de cosechar, al menos particularmente, con ingeniería genética. La determinación y la rebeldía eran flores que raras veces se conseguían.


Sorin terminó de quitarse el traje. Miró por la compuerta de la Unidad de Transporte hacia afuera, a la atmósfera de Remo IV, y pulsó uno de los controles para que la densidad de la abertura cambiase y permitiese el paso de la luz. Los vio por última vez, sin una sola pizca de remordimiento o de culpa hacia ellos; sus antiguos compañeros ahora yacían sobre la matriz biocéntrica que dominaba al planeta. Bueno, en realidad yacían sobre, entre y dentro de la matriz, que lentamente los iba envolviendo cada vez más a medida que dejaban de forcejear. Desconocía porqué había sido el único que no había sucumbido a aquello; el primero en caer había sido Larssen, seguido por Ulster y Fimmian. Todos se habían arrodillado primero para luego abrazar aquel suelo viscoso, cuyas células pluriformes cambiaban para adaptarse a cualquier tarea lo más rápido posible. Habían balbuceado incoherencias; el resto había continuado con el trabajo, y había cosechado uno de aquellos bulbos extraños que colgaban en ciertas zonas del planeta. La Sinapsis Artificial creía que aquellos bulbos podían ser la causa de la matriz biocéntrica, o todo lo contrario, una especie de concentración o condensación de la matriz. En todo caso, el Viaje entero estaba organizado alrededor de la obtención de uno de esos bulbos.

La Jaula volvió a moverse, esta vez con un poco más de intensidad. Sorin se limitó a patearla mientras daba la orden verbal de despegue. Volvería a casa con aquel bulbo odioso lo más rápido posible. No le molestaba haber perdido a sus compañeros porque les tuviese cariño; odiaba haber perdido brazos que hubiesen reducido siete veces el tiempo que ahora demoraría en regresar a casa. Todo gracias a aquella detestable matriz.




La Unidad de Transporte no demoró en acoplarse nuevamente con la nave de viaje ligero. Las secuencias para poder suministrarse turmionina intravenosa eran las más simples de todas, y comenzarían a funcionar ni bien él diera la orden, pero antes debería encargarse de otras tareas que demandaban su atención; redacción del informe, sinopsis del perímetro de seguridad, recalcular las coordenadas de viaje acorde al tiempo estimado que llevaría el retorno y una tonelada de tonterías más que, pese a que la inteligencia de la Sinapsis Artificial era enorme, debía ser realizada por manos y cerebros humanos. Eran pequeños detalles que no se podían dejar al azar de una computadora (y, curiosamente, la sinapsis artificial admitía computadoras azarosas entre sus instrumentos)


Sorin Peuser pensó en, primero que nada, acondicionarse a sí mismo para el viaje, o mejor dicho, la estadía dentro de la nave. Estaría trabajando un buen tiempo dentro de aquel ambiente con olor a antisépticos y de tonalidad completamente blanca, siempre blanca, para atenuar el falso encierro de la nave de viaje ligero. Se quitó el molesto traje de viaje, cuyas propiedades físicas habían sido fijadas para la atmósfera de Remo IV, un poco atroz si se consideraba la cantidad de plomo gaseoso que hacía irrespirable su aire. Pasó enseguida entre las cámaras de desinfección, con un hermoso efecto simulado de agua mientras el baño químico le recorría el cuerpo, y se detuvo, desnudo, al final del pasillo. Se vistió rápida y ordenadamente con dos prendas de ropa para cubrir zonas pudendas de su cuerpo, devenidas innecesarias ahora que estaba solo en el viaje de vuelta; pero la fuerza de la costumbre era más titánica que cualquier contraorden autogestiva. 


Se detuvo frente al cubículo de alimentación, cuyas raciones habían sido preparadas para que nueve individuos jóvenes pudieran nutrirse durante todo el viaje. No tendría problemas de alimentación, y aunque la vida de un hombre Post-Sapien era por lo general austera, decidió darse un pequeño lujo y doblar la ración a la que estaba habituado. Después de todo, estaba en un condenado rincón alejado de la galaxia, y no tenía ningún patrón cerca como para corregirlo. Apenas pudo terminar los guijarros de néctar, con el estómago achicado a raciones pequeñas toda su vida, pero lo hizo. 


Mientras digería su doble ración, se suministró el cóctel químico habitual para permanecer centrado, energizado y dispuesto a continuar con cualquier tarea. La panacea actuaba al nivel de los neurotransmisores, creando seres solamente ideados para obedecer y acatar órdenes; la voluntad de Sorin, no obstante, estaba inscripta más allá de los neurotransmisores, y por eso sacaba mayor provecho de ello que la gran mayoría de sus congéneres. Pero qué diablos le importaban sus congéneres; ahora eran parte de algún reciclado biológico en un planeta demasiado alejado como para que importase. El Carbono de sus átomos serviría a otros propósitos ahora; poca pérdida para la Sinapsis Artificial. 


Encendió con presteza los paneles de redacción y redactó, en breves y concisas palabras, todo lo que había sucedido. Reportó las bajas y su origen y anotó, con destino a futuro, el regreso a la tierra. Se sonrió socarronamente al repasar con la mirada el texto completo, desde el principio de viaje. Si, era un poco cómico que Larssen hubiera creído que los bulbos de Remo IV serían ojos gigantes. Pobre tipo.


Pasó las próximas tres horas recalibrando cada pieza de equipo de la nave, tarea que demandaba pocos minutos para un equipo completo. Al llegar a calibrar los saleros, ya casi sobre la finalización, le resultó estúpido e inútil. ¿Porqué diablos podía interesarle a la Sinapsis Artificial que los saleros de una nave de viaje ligero clase 3, perdida en algún cuadrante de Hiperbórea, tuviera los saleros calibrados? Era estúpido e inútil, pero órdenes eran órdenes. Pasó por cerca de la jaula ciega, que ya no se movía. La pateó de todos modos no sin cierta rabia.


Tras hacer los preparativos finales (cosa que le habría costado poco menos de cuarenta y cinco minutos con la tripulación completa, pero le costó siete horas) para el viaje, se sentó en una banqueta del ambiente común de la nave, con todos los espacios vacíos de viaje que había ante él. Las nueve fosas yacían en el techo, preparadas para cobijar cuerpo humano; solo una estaba ocupada, y era la de Erin Deminoff, la eterna durmiente. El resto estaría vacío, exceptuando el suyo propio, que llenaría con su propia carne en poco tiempo. Sin embargo, se tomó su tiempo para beber un vaso del preparado hidropónico de a bordo y contemplar la jaula ciega donde, ahora si, se debatía débilmente aquel bulbo. Aquel bulbo del demonio acostumbrado a una atmósfera que desgarraría a dentelladas ígneas la piel de cualquier ser humano. Aquel ente supuestamente sapiente que respiraba bocanadas de plomo y níquel gaseosos durante eones. Lenta, silenciosamente, la jaula se movía con movimientos sordos. Aquella cosa no emitía sonido alguno.


¿Y qué había de aquel gesto inútil? El de sus compañeros, obviamente. Se habían arrodillado para llenarse el pecho con charcos de aquella biomatriz que ya había empezado a desarrollar seudópodos para su defensa ni bien los vio venir. ¿Qué diablos había sido aquello? Sorin no solía pensar en supuestos, y muchísimo menos en juzgar a sus congéneres; esa era una tarea derivada a juzgamiento y pena, el sector electo para aquellas tareas. Pero ahora, total y completamente solo en el salón de usos múltiples, se encontraba con el tiempo, las energías y el espacio suficiente como para darse esos lujos. Si, lujos. Todo, desde sus uñas hasta el impulso eléctrico que dominaba su cerebro, era subvencionado por la Sinapsis Artificial. Si malgastaba alguno de esos recursos propios de su cuerpo, se estaba dando un lujo.


Se sirvió otro vaso, el quinto, y continuó con la mirada fija sobre la jaula ciega, que se movía con ligeros espasmos. Definitivamente tenía muchas ganas de destrozar aquella jaula en quince mil pedazos, junto a aquel bulbo odioso. Ni siquiera sabía ni le importaba porqué la Sinapsis quería aquellos bulbos; probablemente por una razón similar a la que quería saleros perfectamente calibrados en aquella nave perdida en el vacío del espacio. Al diablo con todo, se dijo Sorin, y comenzó a medir la dosis de turmionina en la computadora de estasis. Quería que la dosis fuese la correcta, ni por asomo quería quedar como la pobre Erin Demidoff, que seguramente había colocado un cero de más en la cantidad de miligramos que le debían ser suministrados. Pobre infeliz.


Se colocó los tubos alimentadores, se desnudó por completo y se conectó a los enlaces de estasis, que mantendrían su inconsciente libre de cualquier actividad errática que pudiera aniquilar su voluntad y dejarlo como una lechuga.  Antes de subir a su fosa de estasis, miró hacia arriba, a la única fosa ocupada. Solo entonces notó que Erin Demidoff era pelirroja, y que dormía apaciblemente con un rostro bastante atractivo el sueño eterno de los amortales. Sorin Peuser comenzó a sentir los efectos de la turmionina en sus venas y se dejó sedar, mientras en algún rincón de la nave una jaula ciega se debatía cada vez más débilmente. Quince minutos después de que el Líder de Viaje entrase en la tabula rasa que era la fosa de estasis, la nave de viaje ligero partía, sin pausa pero sin prisa, en su camino de regreso a casa.







Indicadores en rojo. Todo el mundo completo en rojo. Sin pausa pero sin prisa; rojo. Todo latiendo a la faz de un corazón al que jamás le había prestado más atención que la necesaria. Sin poder percatarse de demasiadas cosas a la vez. Húmedo. Sensación de algo pegajoso y frío que se resbalaba lentamente, como trozos de un gelatina rancia, por su nuca, sus labios, sus dedos. La sensación horrorosa de los tubos alimentadores sueltos. Su cuerpo contraído en espasmos de necesidad. El ruido sordo de la alarma local que le advertía que había salido de estasis antes de tiempo.


Lo único bueno de estar en el espacio profundo era la falta de una gravedad direccional; sino, se hubiese roto la nuca al salir de estasis sin estar despierto. Sin embargo, había tocado la fría superficie del lustrado piso, que a él le parecía fría y gélida tras pasar un buen tiempo soñando con ambientes cálidos y suaves. Si, cálidos y suaves. Como la carne que sostenían sus huesos. Como el pasaje propio de su sangre por los torrentes que alimentaban su cerebro. Sí, cálidos y suaves.


El atontamiento fue pasando lentamente, a un ritmo gradual de crescendo que no podía (no quería) soportar. La salida no programada de la estasis generalmente tenía dos impactos grandes; uno, hacia él mismo y su psiquis, ya que no esperaba abrir los ojos en otro lugar que no fuera el puerto de destino, y como todo hombre que vivía en la época post-sapien, no conocía el imprevisto, o lo había visto muy pocas veces. El otro impacto era físico, al haber preparado su cuerpo con drogas para un período más largo de descanso y, de repente, encontrarse con la novedad de que ya no pendería del espacio. Los Sapiens sabían esto, pero no lo habían combatido; la gran mayoría de ellos se terminaba mal acostumbrando a que un aparato los sacudiera de la cama a ritmos del esquema siempre mutable de su época, maltratando sus cuerpos y su psiquis sin asco alguno.


Pero, ¿Porqué importaban los sapiens ahora? Habían dejado de existir siglos antes que él naciera, y su estudio histórico y teórico solo era importante en la Exploración Espacial como ejemplo biológico desarrollado, en caso de toparse con una civilización similar. Lo importante era su cuerpo maltrecho, rota ya la estructura que lo dominaba. Lo importante era ese zumbido sordo que empezaba en sus oídos y terminaba en la jaula ciega.


La maldita jaula ciega. Claro,  era el único elemento que no cuadraba en la ecuación. Tenía que deberse a ella, tenía que deberse a alguna influencia de aquel detestable bulbo sapiente en toda la perfecta lógica de la Sinapsis Artificial. Lentamente empezó a probar sus estímulos motores, viendo si podía moverse, si la dosis de turmionina no había sido lo suficientemente fuerte como para dejarlo paralítico o sordo. Para su suerte encontró que todos sus músculos, aunque dolidos por el brusco despertar, funcionaban. Inmediatamente se sometió a un análisis general de su sistema nervioso, para darse cuenta de alguna lesión que no se pudiera diagnosticar a simple vista. Tal lesión no existía. Los movimientos lentos en la jaula ciega, en cambio, si.


Desnudo como estaba, ya con la presión sanguínea elevada gracias a la cólera en la que estaba montando, caminó hasta al lado del susodicho cubículo ciego. Se movía apenas, con los mismos movimientos idiotas. Ya no creía que el bulbo intentara escapar, como al principio; más parecía explorar las dimensiones, la forma de la caja. Tensionó los músculos de su mandíbula en un bruxismo de pura rabia y la pateó, haciendo que ésta rebotara varias veces en las paredes y el techo, golpeándose débilmente.


Claro está, ahora debía volver a redactar el informe con aquella interrupción. Claro está, ahora tenía que revisar el calibre de todo aquello que ya había controlado antes de partir de Remo IV. Claro está, le demoraría un buen tiempo.


Se vistió, no sin antes echarle una mirada al plácido rostro de Erin Demidoff, aquella pelirroja con demasiada suerte como para darse cuenta. Maldita sea, tenerla a ella en estasis perenne o a un nabo vendría a ser lo mismo. Probablemente la Sinapsis Artificial la mantendría bajo observación durante un período ilimitado de tiempo para ver qué pasaba.


Se rió, y su propia risa resonó en la nave semivacía, recordándole cómo era. Para ver qué pasaba, esa era la cuestión. Vamos a crear hombres de seis brazos que trabajen en toda obra mecánica que tengamos para ver qué pasa. Vamos a detonar gran parte del adriático para ver qué pasa. Vamos a enviar una partida doble de exploradores a Remo IV para ver si esos bulbos chillan cuando los abrimos a la mitad. Ya que piensan, han de chillar, ¿no?


Comenzó a revisar pacientemente todas las instalaciones de la nave en búsqueda de algún desperfecto, pero obviamente, como ya sabía, todo estaba en perfecto orden. No había motivo alguno por el que los cuadros ópticos, el comando, el teclado de salvataje o el inodoro virtual se des calibrasen, aún adrede. De todas maneras, pensó sarcásticamente, tampoco había razón por la que él se despertara antes de tiempo; y sin embargo, ahí estaba, despierto y molesto consigo mismo y con aquel bulbo invisible a sus ojos que continuaba moviéndose lentamente, ahora en un rincón más alejado de la nave. 


“Setentava. Irrupción abrupta del estado de estasis. Causa aparente; error en el suministro de turmionina. Se eleva petición de revisión del sistema de estasis y suspensión para solventar dudas. Se descarta error humano”


Esto último lo escribió con determinación, inclusive con un poco de enojo. Ese informe, por más oficial que fuera, no le tendría como un pelele que mojaba sus pantalones como alguien recién salido del tubo de incubación. Además, había sido especialmente cuidadoso con la dosificación química; después de todo, no quería terminar como el espárrago de Erin Deminoff. ¿Acaso en su afán por no superar la dosis había terminado colocando demasiado poco? Sacudió la cabeza para sí mismo. Era un procedimiento demasiado simple como para equivocarse porque sí. Cerró el panel del informe y comenzó nuevamente con el viejo procedimiento.


Se colocó los tubos alimentadores, se desnudó por completo y se conectó a los enlaces de estasis, que mantendrían su inconsciente libre de cualquier actividad errática que pudiera aniquilar su voluntad y dejarlo como un repollo.  Antes de subir a su fosa de estasis, miró hacia arriba, a la única fosa ocupada. Solo entonces notó que Erin Demidoff era realmente hermosa, y que dormía apaciblemente con un rostro  angélico el sueño eterno de los amortales. Sorin Peuser comenzó a sentir los efectos de la turmionina en sus venas y se dejó sedar, mientras en algún rincón de la nave una jaula ciega se debatía cada vez más débilmente. Quince minutos después de que el Líder de Viaje entrase en cápsula del tiempo que era la fosa de estasis, la jaula ciega comenzaba a moverse, lentamente, a través de la nave.






La segunda vez que despertó, Sorin Peuser no sabía si lo que experimentaba era producto de alguna alucinación en grado sumo de diversidad, quizás salteada por el sistema de estabilización de la cámara de estasis. Una de las viejas pesadillas, esto era. Pero no; la sensación era demasiado real y molestamente familiar. El entumecimiento que no es tal, el dolor en las articulaciones, la luz que le desgarraba las pupilas sin odio ni crueldad.


Cuando logró incorporarse del todo, corroboró que, efectivamente, había salido de estasis por segunda vez consecutiva antes de llegar a puerto. No tenía energías para enojarse; pero el odio lento y silencioso, como un gas invisible y denso, comenzó a esparcirse por el ligero y pequeño ambiente que era la nave. Solo brotó en sí la ira como era originalmente, en la época de los Sapiens, cuando se tropezó, dormido como estaba, con la jaula ciega. Por algún motivo, ya no estaba lejos, demasiado lejos, donde él la había pateado; ahora estaba muy cerca de su fosa de estasis, sin moverse. Pero, ¿Cómo era posible que una caja sin medios de propulsión se desplazara en un ambiente de gravedad cero? A menos que aquel bulbo odioso tuviera suficiente fuerza como para provocar el movimiento original… A eso, sí que no podía ganarle. Cualquier cosa era posible; él no había estado presente y eso bastaba.


Pero claro, de seguro era un problema. Un simulacro de algún tipo que desconocía. Quizás era un test, de los tantos que ejecutaba La Sinapsis Artificial, para calificar a sus operarios. Seguramente en unos instantes saldrían todos sus compañeros de viaje de la compuerta de vacío, que no sería de vacío al cobijar a todo el equipo evaluador. Como antiguamente hacían los Sapiens. De seguro Erin Demidoff sería suya si había pasado la prueba; saldría de la fosa de estasis, le sonreiría y le invitaría a cenar. De seguro no había nada en la jaula ciega. Las pruebas de la Sinapsis Artificial se interrumpían cuando el testeado descubría que estaba siendo evaluado; también, cuando superaba la prueba, cosa que generalmente coincidía con lo primero. Así que Sorin Peuser esperó.


Pero nada sucedió.


La jaula ciega se movió ligeramente un poco. Erin Demidoff ni siquiera respiró, rosada y viva como estaba, en su eterna estasis. Ninguna puerta de vacío se abrió. Solo podían oírse, apenas, los chillidos del sistema de estasis a intervalos regulares.


Pero, ¿Porqué había pensado una posibilidad tan rotunda? ¿Porqué se encontraba recordando detalles de las costumbres de los Sapiens cada vez más y más cerca? ¿Porqué sus glándulas excretaban hormonas que provocaban la ira y el pensamiento genuinamente idiota?


Un chispazo de inteligencia brotó apenas. Claro, había definitivamente una influencia dentro de ese lugar, algo que estaba alterando la cosa. Un desperfecto en el sistema de estasis era entendible, pero dos ya era demasiado sospechoso. Y lo único que cabía dentro de aquello era el bulbo; era lo único que la Sinapsis Artificial no había considerado en la ecuación.


Se decidió a recalibrar todo el equipo solo para estar seguro y, de paso, para hacer trabajar la mente al mismo ritmo que el cuerpo. Cuando abrió el panel con el informe, sencillamente se limitó a escribir:


“Setentava. Segunda Irrupción abrupta del estado de estasis. Causa aparente; error en el suministro de turmionina. Se eleva petición de revisión del sistema de estasis y suspensión para solventar dudas. Se descarta error humano; se asume error por factor externo”


Cerrando el panel de un manotazo, empezó a hacer girar los mecanismos lógicos en su cabeza. Claro, la Sinapsis Artificial no se equivocaba nunca, y preparaba todo con descarnada exactitud. Entonces, el comportamiento del bulbo era esperable. Tenía que haber algo más que estuviera alterando el sistema de estasis. Entonces, encontrando sus ojos con los párpados cerrados de tan bella pelirroja como era Erin Demidoff, se dio cuenta. El accidente de la oficial médica de a bordo era lo que no estaba contemplado. Claro, ¡un accidente! ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Los accidentes siempre quedaban fuera de la ecuación. Siempre eran ilógicos, siempre se movían por paralelos al mundo planificable.


Maldita médica de a bordo, se digo Sorin Peuser. Maldita belleza de cabellos rojos. Maldita sea tu mente durmiente y tu corazón de ballena anhelado por la Sinapsis. El sistema de estasis no estaba preparado para llevar a una accidentada de esa manera; esa debía ser la respuesta.

Se colocó los tubos alimentadores, se desnudó por completo y se conectó a los enlaces de estasis, que mantendrían su inconsciente libre de cualquier actividad errática que pudiera aniquilar su voluntad y dejarlo como un repollo.  Antes de subir a su fosa de estasis, miró hacia arriba, a la única fosa ocupada. Solo entonces notó que Erin Demidoff era peligrosa, y que dormía apaciblemente con un rostro  diabólicamente bello el sueño eterno de los amortales. Sorin Peuser comenzó a sentir los efectos de la turmionina en sus venas y se dejó sedar. Quince minutos después de que el Líder de Viaje entrase en  el vacío fuera del espacio que era la fosa de estasis, la jaula ciega se movió con un solo movimiento, mientras una mujer pelirroja entraba en fase de REM.






Esta vez, estaba preparado. Con una rapidez que le provocó un golpe por falta de coordinación, Sorin Peuser se puso de pie y buscó, sin poder enfocar muy bien, la bendita jaula ciega. Eso sería todo, de seguro que el maldito bulbo tenía algo que ver. Pero no, Erin Demidoff debía ser lo que alteraba todo… o quizás eran aquellas costumbres Sapiens con las que estaba soñando y mencionando tan frecuentemente. Si tan solo tuviera un diálogo abierto con alguien, podría tranquilamente decidirse hacia dónde, o qué actitud adoptar.


Ubicó a la jaula ciega y la colocó, todavía dormido y con falta de coordinación, sobre la pequeña cámara de disección con que contaba la nave. Una vez allí, la selló al vacío y la abrió. La atmósfera irrespirable de Remo IV se esparció por la cámara de disección, pero nada más sucedía. No existía el bulbo. No existía una de las potenciales causas de todo aquello.


No buscó explicarse porqué el bulbo no existía, ni se detuvo a contemplar los miles de interrogantes que se le iban plantando en el raciocinio. Deambuló por la nave en círculos, vistiéndose, tras haberse quedado sin un objeto de odio o de explicación hacia aquellas incoherencias. Luego comenzó a calibrar todo de vuelta, esta vez más lentamente, para poder pensar con cierta claridad. El trabajo mecánico forjado por la rutina constante tiene a veces un efecto tranquilizador en quien lo realiza.


Sorin Peuser pensaba en Sapiens. Pensaba en todo lo extraño que resultaba aquello y, más aún y más práctico, pensaba en lo largo que se haría el viaje de regreso a casa si esas pausas se seguían dando, y en los impactos en su salud que esto tendría a largo plazo. Si le salía alguna lesión, quizás no podría trabajar más como Líder de Nave. Quizás tendrían que deponerlo por inutilidad, o lo destinarían a algún aburrido puesto lleno de papelerío virtual y paneles antiguos.

Fue hasta el reloj de la nave solo para encontrar que no estaba funcionando. No importa, pensó, todos los trajes tenían relojes. Pero más grande fue su sorpresa y su irritación al encontrar que cualquier aparato de relojería, por absurdamente pequeño que fuera, estaba fuera de funcionamiento. Solo entonces, por primera vez en el viaje (en su vida, en realidad) Sorin Peuser sintió miedo, y fue consciente de ello.


¿Miedo? Esa era la sensación que los Sapiens tenían ante cosas que no entendían. Y no, definitivamente no entiendo nada de esto. La Sinapsis lo explicará cuando llegue pero, ¿Qué sucede mientras tanto? ¿Cómo puedo asegurarme que algo de todo esto es real y no una pesadilla filtrada? 


Los Paneles de abordo, pensó. Si esto es un sueño, dirán cualquier cosa excepto lo que yo recuerdo. Casi se atropelló con ellos en su camino hasta el comando. Pero cuando sacó los paneles y revisó las anotaciones, otra cosa fue lo que lo impactó. Si, sus registros estaban ahí dentro, grabados; solo que había más de dos. De hecho, había siete. Todos se repetían mecánicamente, exceptuando uno que decía:


“Setentava. Irrupción abrupta del estado de estasis. Causa aparente; error en el suministro de turmionina. Se eleva petición de revisión del sistema de estasis y suspensión para solventar dudas. Desaparición de todos los miembros de la nave antes de llegada a destino, exceptuando por el Líder de Expedición, Sorin Peuser. Se procederá según esquema previamente planificado”


Y no estaba firmado. Entonces, no solo quería decir que se había despertado varias veces y había anotado en aquellos paneles aquellas entradas donde se lo notaba más irritado cada vez, sino que alguien más había anotado aquello. Pero, ¿Quién? Erin Deminoff dormía el sueño eterno de los amortales, y no había nadie más allí. Las otras entradas eran de más sencilla explicación; cansado de la situación, podía haber pedido anestesia en amnesia local, para olvidarse relativamente del asunto aunque fuera por un breve lapso de tiempo. Pero jamás de los jamases tendría que haber dejado un comentario en los paneles sin firma, y mucho menos hablando de él en tercera persona.

Sorin Peuser gritó en el silencio de la nave ligera, aclamando a Dios. Se dio cuenta que aclamaba a un ente imaginario en el que alguna vez los Sapiens habían creído. Otra vez los Sapiens en su cabeza. ¿Porqué repentinamente había empezado a relacionar tantas cosas con ellos? Es más, ¿Porqué repentinamente había empezado a actuar como uno?


Quizás el bulbo había existido, realmente, pero su materia tenía alguna propiedad desconocida a la Sinapsis Artificial y le estaría afectando neurológicamente hablando. Diablos, por lo que él sabía podría estar siendo integrado por la biomatriz de aquel planeta infernal en este mismo momento, con sus neuronas integrando algún otro sistema vivo más complejo.


-Maldita seas, Biomatriz- le dijo a la nada Sorin Peuser, en el silencio del espacio –Aunque sea me hubieses puesto a soñar algo más bello. Como poder cogerme a esa maldita pelirroja. Si, eso haré-


Sorin se encaminó decidido hasta la fosa de estasis de Erin Demidoff. Después de todo, si todo aquello era una ilusión, una fantasía, un sueño, ¿Qué diablos importaba?


Se detuvo a centímetros de dar la orden táctil de liberación del apetecible cuerpo femenino. No, diablos, diablos, no. Estaba actuando como un Sapien de manual; instintiva e impulsivamente. Diablos, ¡Se estaba convirtiendo en un Sapien! Por eso sentía tantos sentimientos y sus glándulas habían dejado de obedecer el decreto secreto de su cerebro. Por eso volvía a sentir las emociones con renovada energía. Por eso era que todo aquello estaba pasando… pero… ¡Eso era imposible! Era imposible volver en la escala evolutiva. La Sinapsis Artificial no dejaría jamás que uno de sus Líderes de Nave involucione.


Sorin Peuser se quedó solo, meditabundo, sentado en el medio de la sala, mirando a la pelirroja que colgaba cabeza abajo, durmiendo, con la gráfica cerebral plana y el electrocardiograma igual de mudo. Una verdadera estatua viviente, congelada en el tiempo, sagrada, una Diosa. Inmortal, no Amortal. Una Diosa, si. Solo una Diosa podría tener esa belleza. Solo una Diosa podía estar tan complementariamente dispuesta; boca abajo, sobre él, con los cabellos recogidos en la nuca, durmiendo mientras él despertaba. Ella mujer, él hombre.


Se sacudió la cabeza. Probablemente aquel bulbo se había transformado en un gas, o quizás en alguna forma de energía, y había escapado de la nave. Quizás el escape de la nave le había hecho sufrir una lesión tal que su cerebro había quedado dañado, y ya no coordinaba bien. Pero le desesperaba verse en ese estado tan ilógico, tan inseguro, tan sumergido en la duda. Tener ese torrente de pensamientos y sentimientos que ya no eran de él, que no debían ser de él. El hombre había perdido los sentimientos cuando el hipotálamo fue reemplazado por el tallo mascoide. Él era Sorin Peuser, 45 años, licencia de grado superior, Líder de Nave de Expediciones Científicas.

Se colocó los tubos alimentadores, se desnudó por completo y mandó al diablo a los enlaces de estasis.  Antes de subir a su fosa, miró hacia arriba, a la única fosa ocupada. Solo entonces notó que Erin Demidoff era otra cosa, y que dormía apaciblemente con un rostro  que no era humano el sueño eterno de los amortales. Sorin Peuser comenzó a sentir los efectos de la turmionina en sus venas y se dejó sedar. Quince minutos después de que el Líder de Viaje entrase en algún recoveco lejano de su inconsciente, la jaula ciega se cerró bruscamente, mientras la mujer que dormía bostezaba ruidosamente







La Nave de Viaje Ligero llegó al tiempo pactado, 20 años después de su partida, de regreso de Remo IV. Como el propio sistema automático había indicado, solo contaba con dos pasajeros, ya que el resto de los integrantes de la expedición habían sido eliminados por motivos no aclarados del todo. La comisión de recepción cumplió con las tareas de siempre; los obreros, con sus voluminosos seis brazos dotados de doce dedos cada uno, inspeccionaron hábilmente y mejor que cualquier máquina la máquina por fuera. Uno de los obreros llevaba la lista con la cantidad de cosas a verificar; un chequeo de rutina de los que se hacían miles por día en aquel puerto espacial. Luego, la comisión se dedicó a ingresar en la nave, verificar el estado del equipo material y de los recursos humanos. Encontraron a una mujer en estado de Amortalidad; un caso raro, pero contemplado. El obrero que quiso bajarla de su estado de estasis recibió de repente la descarga física de un golpe certero y doloroso en los nudillos de la mano derecha. Entre varios obreros, acostumbrados a lidiar con amenazas repentinas, inmovilizaron al agresor en pocos instantes. Irreconocible, habiendo adaptado parte de una baliza de auxilio como arma, de aspecto increíblemente envejecido, Sorin Peuser se dejó conducir hacia el tribunal.


De nada le sirvió que se le preguntara respecto a los resultados de la expedición. Fue inútil intentar que hablara respecto a las crípticas anotaciones en los paneles de a bordo. Tampoco se le pudo sonsacar ningún dato respecto al porqué había regresado con una jaula ciega vacía cuando las anotaciones decían claramente que se había recogido un bulbo sapiente de Remo IV.

La Sinapsis Artificial solo observó, en su caso. Analizó la información que se le brindó y dejó que Juzgamiento y Pena actuara; Sorin fue diagnosticado con un extraño brote de Nostalgia Sapien, algo que sucedía a veces en la era Post-Humana, gracias a que no todos los sujetos aceptaban a lo largo de toda su vida los genes injertados durante su creación. Fue destinado a una reserva de historia natural, donde se le preserva como uno de los mejores ejemplos para los arqueólogos especializados en aquellas ciencias de la mente, ficcionales, que tenían los Sapiens antes; la psicología y la psiquiatría. De hecho, la actividad que Sorin generaba en aquellos estudiantes era arrojar varios diagnósticos antiguos, a ver si le acertaban a alguno que estuviera en los manuales.

Todas las mañanas, Sorin se despertaba en su ambiente, que simulaba ser la misma vieja Nave de Viaje Ligero que le había traído de vuelta a casa. Todos los días, Sorin calibraba hasta el último de los dispositivos, imitados a la perfección con los de la nave. Todas las tardes, Sorin escribía en los paneles la interrupción de la estasis, y elucubraba nuevas teorías respecto a su condición.

Tenía cierto grado de tolerancia a agentes extraños a su círculo de fantasía. Varios oficiales jóvenes que querían ser Líderes de Nave le veían, como advertencia y como consejo de lo que podía depararles su carrera. A veces, el viejo Sorin se les acercaba y les decía algunos consejos a aquellas jóvenes promesas.


-Es muy importante calibrar hasta la última pieza de equipo, por más estúpido que parezca, cada vez que se realiza alguna fase de la operación, ¿Sabes? Un salero mal calibrado puede dejarte tuerto de por vida, inclusive en gravedad cero. Y desconfíen de las fosas de estasis… puede que un día despierten en una de ellas y no sepan cómo volver a casa. Antes tenía a mi Diosa Pelirroja que protegía mis sueños y a la que podía culpar de algunas inclemencias del viaje. Pero ahora me la han quitado, y no se cómo volver a casa. Por favor, díganme cómo volver a casa. Quiero volver a casa-



Imagen: http://jenmundy.deviantart.com/art/Astronaut-121709399